dilluns, 22 de febrer de 2010

Els incendis forestals i el paisatge

Article publicat al respecte de l'efecte dels incendis forestals i el seus efectes destructius sobre el paisatge:

Revista B y P Març 2007




Incendios Forestales. La destrucción del paisaje como recurso


El Paisaje como Recurso Natural


A lo largo de la historia, el concepto de paisaje, ha sido empleado con diversos significados, refiriéndose siempre al medio natural, pero ante todo, en casi todos los casos, se considera el paisaje como una manifestación externa, imagen, indicador o clave de los procesos que tienen lugar en un territorio (Aguiló et al., 1998).

En las últimas décadas del siglo XX, y al mismo tiempo que se va desarrollando una cierta conciencia social respecto de la necesidad de preservar, proteger y mejorar el medio natural, el concepto de paisaje se ha ido considerando, cada vez más, como un elemento a tener en cuenta desde el punto de visto de la ordenación territorial, hasta el punto de llegar a considerarse un recurso natural. En este sentido, se ha legislado en los últimos años, siendo obligatorio, ya en muchas zonas, realizar estudios de paisaje a la hora de desarrollar actividades que puedan ser susceptibles de dañarlo.

Teniendo en cuenta que aglutina en un conjunto único la percepción de elementos (recursos) diversos como la vegetación, la orografía, la presencia de agua, de estructuras humanas… sus texturas, sus colores y combinaciones... en realidad, se puede considerar que el paisaje no es un recurso más, si no que es un “recurso de recursos”, la expresión conjunta de los mismos.

Definiciones de paisaje hay muchas, y de índole diversa, pero de una forma clara y sencilla, cualquier persona puede entender con facilidad que el paisaje es la expresión externa que se percibe de un territorio, de su estado de conservación, del conjunto de elementos que alberga.

Una de las características que define de una manera más significativa al paisaje es su dinamismo. Del mismo modo que el territorio es un elemento dinámico, que cambia de forma más o menos constante, su expresión externa (el paisaje) también lo es. Así pues, no se debe entender el paisaje como un recurso estático, ya que de hecho, se encuentra sometido a afecciones de diferente índole, que modifican sus características, y por tanto su valor.

Estos cambios, en función de su intensidad, su extensión, y su carácter (permanente o no), pueden llegar a suponer una modificación tan profunda e irreversible de un territorio que determine la destrucción definitiva del paisaje original que alberga.

Actualmente, debido, entre otras cosas, a un desarrollo territorial, en muchos casos, desordenado, y poco sostenible, unido a una aplicación incompleta (cuando no directamente un incumplimiento) de la normativa ambiental existente, dos de las afecciones paisajísticas más comunes son las derivadas de la acción urbanística, y los incendios forestales, existiendo entre ambas una relación indirecta, pero evidente, dado que el desarrollo urbanístico en zonas de monte, no hace si no aproximar a estos terrenos las causas de los incendios.

La acción urbanística, en función de cómo y dónde se desarrolla, ejerce en muchos casos como un agente modificador del paisaje con carácter ciertamente destructivo e irreversible. Así pues, sirva como ejemplo para ilustrar este hecho, el cambio de uso del suelo agrícola (una zona de huerta, un cultivo arbolado de cítricos), o forestal (zonas de arbolado, antiguos cultivos abandonados poblados por vegetación de montaña) a suelo urbano, industrial… aspecto este que supone una modificación drástica del paisaje, y la destrucción completa de los elementos que conformaban el territorio original.


Imagen 1: Afección paisajística desarrollo urbano sobre terreno forestal. Comarca de La Marina - Alicante


Los incendios forestales ejercen del mismo modo una acción destructiva sobre el paisaje, y están estrechamente relacionados con la actividad humana en las inmediaciones de los montes. De hecho, 158.000 de las 188.000 hectáreas que ardieron en el Estado Español en 2005 se quemaron por negligencias, accidentes, o intencionalidad[1].

Destacar además que, por encima de los gravísimos daños ambientales, paisajísticos, económicos y sociales, estos incendios supusieron, en 2005, 17 personas muertas y 102 heridas, mayoritariamente compañeros de la lucha contra el fuego.

En lo que va de 2006, según datos de noviembre, se han quemado otras 148.000 hectáreas[2] de monte. Estos datos no hacen si no poner en evidencia la relación directa que existe entre la actividad humana y el catastrófico fenómeno de los incendios forestales, y por tanto, la destrucción del paisaje.



El efecto de los Incendios Forestales sobre el Paisaje

El paisaje, como otros recursos, puede clasificarse de forma genérica, en función de una serie de parámetros, tales como la geomorfología, la vegetación, la presencia de colores, su rareza, o la presencia de agua. De hecho, comúnmente se utilizan estos parámetros, en los inventarios territoriales, para la determinación de la calidad visual y escénica, aportando a cada elemento un valor, que determinará una escala de clasificación (Blm, 1980).

Dicha calidad visual del paisaje puede entenderse como el grado de excelencia de un paisaje, su mérito para no ser alterado o destruido, o, de otra manera, su mérito para que su esencia y su estructura actual se conserven (Ramos, 1987).

Los incendios forestales, por su gran poder devastador, suponen, además de un grave daño ambiental, social y económico, desde el punto de vista de la percepción del paisaje una importantísima alteración visual, ya que modifican por completo los parámetros que determinan la calidad del mismo, y destruyen parcial, o completamente, los elementos que lo conforman.


Imagen 2: Incendio Forestal de la Valldigna (Valencia) – Julio de 2005


Visualmente, un incendio genera un efecto de cambio en la percepción del color, ya que tras el paso de las llamas, todo queda cubierto por un manto negro, que sustituye las múltiples tonalidades de grises, verdes, ocres… que contienen un paisaje forestal. Así pues, el fuego provoca un daño inicial sobre la calidad visual del territorio, que tardará décadas en recuperarse completamente en algunos de los casos, y que se perderá para siempre en otros.

  

Imagen 3: Paisaje forestal – Vistabella del Maestrat (Penyagolosa – Castelló), noviembre de 2006

El paisaje, la devastación, que se produce tras un incendio, no es más que la muestra del efecto que este fenómeno tiene sobre los ecosistemas forestales. Su destrucción.

La desaparición de la vegetación elimina la esencia del paisaje forestal, altera sus componentes, y degrada, de forma irreversible en algunos casos, la calidad del mismo. Además, el monte no tiene una capacidad eterna de regeneración, de hecho, cuando los incendios en una zona son recurrentes, se llega a una situación de degradación tal, que solamente la intervención humana, mediante la aplicación de técnicas de restauración, y varias décadas sin nuevos incendios, harían posible la recuperación del paisaje original.

La regeneración natural puede ser una opción, y de hecho para algunos territorios, es la única. Pero cuando una masa forestal recién incendiada, recibe de nuevo la agresión del fuego, la vegetación arbolada, inmadura aún, no es capaz de reponerse, al no haber tenido tiempo de generar semillas que sustituyan los individuos quemados, favoreciendo la aparición de ambientes (y paisajes) más degradados, y de peor calidad.

Un caso extremo de degradación son las conocidas como “Bad Lands” o “Tierras Malas”, zonas en las que la degradación es de tal magnitud, que ni tan solo una intervención de restauración al uso podría prosperar. Estos territorios van en aumento, de sur a norte, y en determinadas zonas comienzan a ser desgraciadamente habituales.
  
El Proceso en Imágenes

Imagen 4: Zona forestal afectada por un Incendio Forestal 6 meses después del incendio

Imagen 5: Zona forestal afectada por incendios recurrentes (3 en 15 años). Inexistencia de vegetación arbolada


Imagen 6: “Bad Lands” ó “Tierras Malas” repobladas arbolado – Comarca de la Vega del Segura – Alicante


Estas imágenes, no son de ningún desierto africano, son fotografías tomadas en Alicante, Valencia, pero existen en otras muchas regiones del sur peninsular. Desde un punto de vista paisajístico, por la geomorfología que presentan, con terrenos escarpados, diferentes colores, texturas y formas, es posible que alguien pudiera verlas atractivas, de hecho, tal vez lo sean, pero más allá de la belleza estética, entrañan un problema grave desde el punto de vista de las consecuencias ambientales que representan, la desertificación.

 Imagen 7: Zona afectada por el Incendio de Sierra Calderona (Náquera – Valencia). Dalt A) 1997 – Baix B) 2006
  
La Restauración del Paisaje – La restauración de los Recursos

Cuando se llega a determinado grado de destrucción del paisaje (o del territorio), en ocasiones, a pesar de las voces que se alzan en contra, la única alternativa, si se quiere recuperar, aunque sea de forma modesta el aspecto original de los territorios afectados por los incendios, es la intervención humana en la restauración del paisaje.

Si no se quiere recuperar, cabe la posibilidad de esperar a que la naturaleza siga su curso, pero los tiempos para la recuperación (caso de producirse) por esta vía, se incrementan, y desgraciadamente, el ritmo de destrucción de nuestros montes, requiere de una gestión adecuada (adecuada, es necesario remarcarlo) que facilite la labor natural.
 Imagen 8: Regeneración natural tras un incendio. Las semillas esparcidas comienzan el proceso de recuperación


Dado el hecho de que la mayor parte de nuestros sistemas naturales están sujetos a la acción humana, que por lo general, acelera su destrucción (mediante la recurrencia en los incendios forestales, por ejemplo), la gestión para la recuperación del paisaje se hace del todo necesaria en la mayoría de los casos.

En la restauración del paisaje (vuelta a un estado lo más parecido posible al original), una selección cuidadosa de la forma, y de las herramientas para conseguirlo, es imprescindible. Así pues, será necesario elegir adecuadamente las técnicas de restauración a utilizar, para evitar la creación de paisajes artificiales, o, poco naturales, cuando el objetivo sea paisajístico.
  
Un ejemplo claro de la dicotomía que se plantea a la hora de la restauración de un sistema forestal son las repoblaciones forestales, cuyas finalidades pueden ser muy diversas. El hecho de seleccionar unas especies u otras, de alinear los árboles que se plantan, o no… si bien es cierto que genera paisajes con menor grado de naturalidad, permite recortar gastos, en unas labores, las ambientales, escasamente dotadas de presupuesto, por lo general, y llegar a superficies mayores de actuación.

Imagen 9: Repoblación forestal mediante subsolado lineal. Los árboles aparecen perfectamente alineados.


No hay que olvidar que las repoblaciones de los montes pueden tener otras motivaciones (como por ejemplo la Restauración Hidrológica, o la protección frente a la erosión), además de las paisajísticas. Pese a todo, no está nunca de más tener en cuenta criterios paisajísticos también en este ámbito, encontrando un equilibrio entre el óptimo económico, y el de la creación de espacios lo más naturales posible.

En cualquier caso, sea cual sea la forma que se decida utilizar, en función de las posibilidades existentes, lo que resulta evidente, es que la progresiva degradación de nuestro paisaje muestra, de forma preocupante, la destrucción masiva de muchos de los sistemas naturales que albergan los montes, a veces de forma natural (las menos) y otras de forma inducida por la acción humana. Es por tanto legítimo, por no decir necesario, que la misma mano que destruye, pueda paliar en parte su propia acción.

La pérdida de paisaje, su destrucción, representa la pérdida de recursos naturales, culturales y económicos. Una pérdida que es posible que a la larga (o no tan larga) lleguemos a lamentar.

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